martes, 20 de mayo de 2014

El diván de la Dra. Moreno. Sadismo




El diccionario de la RAE señala dos acepciones para la palabra sadismo: la de “perversión sexual”, en tanto un sujeto provoca su propia excitación sexual cometiendo actos de crueldad sobre otra persona, y la más genérica de “crueldad refinada con placer en quien la ejecuta”.
Sadismo es un término que debemos a Donatien Alphonse François de Sade, conocido por su título de Marqués de Sade, escritor y filósofo francés, nacido en París el 2 de junio de 1740 y muerto en la Charenton-Saint-Maurice, Val-de-Marne, el 2 de diciembre de 1814, un manicomio en el que fue encerrado tras escribir su famosa y aberrante novela Justine o los infortunios de la virtud. Entre fortalezas y manicomios pasó encerrado más de 30 años, unas veces por sus ideas políticas, otras por su pensamiento filosófico y, cómo no, por sus novelas, de una gran crueldad sexual anormal.
En el momento actual estamos viviendo una resurgir del tandem sadismo-masoquismo desde la nueva novela romántico-erótica que domina en casi todos las listas de ventas y que se inició con la "Cincuenta sombras de Grey" y su desfortunadamente llamado, porno-mamá; al que han seguido "Tómame", "Poseemé"... y miles más que aparecerán.
El psicoanálisis establece claras diferencias entre ese sadismo perverso, patológico, que hemos nombrado y el sadismo originario que busca la estructuración y el fortalecimiento del Yo. Así considerado, el sadismo originario se caracteriza por la tendencia a destruir, pero despojado de cualquier intención de hacer daño a la víctima. Es un sadismo en el que no predomina la pulsión sexual sino la pulsión de dominio surgida del odio primordial. El odio primordial es indiferencia, rechazo pasivo e indolencia hacia el mundo, y también es protección de sí mismo, gesto de cierre y de afirmación de sí.
Es frecuente constatar que el dominio ejercido sobre ese Otro, su conquista y sometimiento, no se obtienen si no es al precio de la destrucción parcial de sí mismo. La pulsión de dominio o de conquista se confunde con una pulsión de destrucción. Y el odio agresivo y conquistador se convierte en una acción brutal y violenta, que puede llevar a la autodestrucción del Yo.
Esto se hace patente en la obra del premio Nobel Vargas Llosa: Travesuras de una niña mala.
La niña mala es el ejemplo de la adaptación, de la supervivencia. Mediante una ciega y egoísta ambición aspira a salir adelante; dejar atrás su origen pobre, hija de una cocinera, traspasar fronteras valiéndose del engaño y la mentira hasta llegar a ese Otro que pueda darle la felicidad que tanto ansía. 
Aparece como la chilenita Lily, en la vida de ese Otro, Ricardo Somocurcio. Ricardito, el niño bueno, como ella le llama, lo tiene todo, no ambiciona nada; idealista, desprejuiciado, se enamora obsesivamente de la chilenita, sometiéndose a la voluntad de ella.
A lo largo de las páginas vemos el transcurrir biográfico desde niña a femme fatal; el viaje por medio mundo: Perú, París, Londres, Madrid, Tokio… en una carrera  desenfrenada por parte de Lily de llegar a la cúspide, a lo más alto, incluso por caminos de inmoralidad.
Cada cierto tiempo se reencuentra con Ricardo (su Otro), que ambiciona tenerla en su totalidad a costa de su propia libertad, de su independencia.
Reencuentros marcados por luchas ambivalentes entre el amor y el odio, comicidad y tragedia, deseo y  rechazo, sometimiento y castigo, pasión y dolor en esas sangrantes despedidas, que el niño bueno soporta una y otra vez cuando ella, cansada de la seducción de dominio, busca a Otros con los que afianzarse. La anodina vida del niño bueno es zarandeada, puesta patas arriba, cuando la niña mala aparece. Queda lastimado, hundido, depresivo aunque anhelante de un próximo encuentro.
La niña mala, Lily u Otilia (su verdadero nombre), ansía encontrarse consigo misma, alcanzar lo inalcanzable, una manera de ser coherente y estructurado que le está negado por su propio devenir biográfico.
Al final, enferma y consciente de que le queda poco para morir, la niña mala vuelve a los brazos de Ricardo; el único hombre al que ella puede volver siempre, haga lo que haga. Busca una reconciliación que atempere el dolor, no ya de su enfermedad, sino de su malgastada, ambiciosa y fracasada vida, de su inconformismo, de su incesante búsqueda de seguridad, de ser ella misma.
En esta relación desequilibrada, la niña mala siempre tiene la predominancia. El amor casi melodramático de Ricardo le perdona todo. En el final de la novela, Ricardo se pregunta a sí mismo: ¿Se podía llamar historia de amor a esa payasada de treinta y pico de años, Ricardito?


La respuesta, desde un punto de vista psicológico es sí. Relación de amor objetal (que no objetiva), egoísta, sádica, inmadura, maliciosa; pero al fin y al cabo, de amor, para dos personas que tuvieron la desgracia (o la suerte) de encontrarse en su devenir biográfico.

8 comentarios:

  1. Dos en uno. Te felicito por la entrada, María José. Nos has ofrecido una visión del sadismo académica y filosófica que no tiene desperdicio. Y por si esto fuera poco, una reseña de una novela que desde este momento me han entrado ganas de leer, por muy gordo que me caiga Vargas Llosa.
    Lo malo del sadismo es que, como tú bien apuntas en tu entrada, está proliferando su apología en esta seudoliteratura que dice ser romántica, que en mi opinión es basura, con el peligro que encierra que a los seguidores se les vaya de las manos con las consecuencias que todos imaginamos. De hecho, creo recordar alguna noticia que mencionaba el fallecimiento de una mujer por asfixia en una técnica que consiste en tapar la cabeza con una bolsa de plástico, que por lo visto aumenta el placer sexual. Lo malo es que con la excitación del momento se puede ir de las manos.

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    1. La clave para entender la tendencia de las mujeres jovenes hacia la "sumision" en sus relaciones de pareja creo que esta en la falta y /o decadencia de ideologias, en el desprecio por esforzarse en el proceso de autoidentidad. Crecen, que no maduran, con estereotipos que se adquieren en el mercado.

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  2. Ricardito espera masoquisticamente los intervalos "no sadicos" de Otilia para poder disfrutar, aunque sea de forma paternal, del objeto de su deseo. Pero hasta en esos momentos es manipulado por ella. La novela es el relato de una relacion de dominio absoluto de ella sobre el que solo se modifica en el final...que no pienso desvelar para incitar a su lectura.

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  3. Sinceramente, el sadismo y el masoquismo son placeres difíciles de explicar. No entraré a comentar lo que me ocurrió en una ocasión porque..., no, no lo cuento. Como en todas las aportaciones de la Dra. Moreno siempre me pregunto si todos estos comportamientos se deben a trastornos adquiridos o si se nace así, porque es difícil entenderlos; al menos en edad adulta. Recuerdo que de pequeño solía arrancarle las alas a las moscas y las dejaba hechas un cristo; supongo que es algún tipo de sadismo oculto que llevo dentro. Ahora no lo haría, claro..., ¿o sí?
    Excelente trabajo, María José.

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  4. Me han entrado ganas de leer a Vargas Llosa, sobre todo por saber cómo trata el tema. Gracias por tu clase magistral sobre el sadismo, María José.

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  5. Excelente artículo y reseña. Tomo nota pues todavía no he leído las «Travesuras de la niña mala». Gracias, profesora Moreno.

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  6. Excelente artículo-reseña, tocas un tema que últimamente me enfada cada vez más con los títulos de libros, que pienso que deberían obviarse...quizá no es la palabra, pero que hace que las mujeres-adolescentes que acceden a este tipo de lectura, no voy a decir literatura, vean como normal la sumisión o el sadismo por parte de sus parejas.
    Y no están los tiempos como para jugar con esos términos, ya que hay muchas víctimas de malos tratos. Espinoso asunto que has explicado muy bien. Gracias por enseñarnos Mª José.

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  7. Muy buena introducción al tema, María José.
    Existe el sadismo que refieres, y que podríamos llamar académico, literario o patológico. Pero abunda otro tipo de sadismo (o más bien sadomasoquismo) en formato "light" . Típico en parejas donde una de las partes ejerce un dominio patente, mientras la otra se pliega a caprichos y desdenes. ¿Porque quiere mucho al otro o porque le va la marcha? No hay maltrato físico, pero sí psicológico. De bajo voltaje pero nada inocuo.
    Cuando la parte pasiva se harta de su papel secundario, y descubre que su identidad ha sido ninguneada, puede surgir la ruptura.
    El tirano puede ser hombre o mujer, al igual que el súbdito. Se producen en público escenas de esta relación sadomaso que suscitan los comentarios tras cenas y otros encuentros. “No sé como le aguanta”, es frase recurrente.
    Quienes vivimos en pareja deberíamos reflexionar sobre hasta qué punto nos dejamos manejar, o hasta qué punto abusamos de la debilidad o el amor del otro.

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