martes, 4 de marzo de 2014

UN ASUNTO DE CONCIENCIA

El Confidente
Nada más pulsar el botón rojo, supe que aquella misión que me acababan de encargar supondría para mí un conflicto de conciencia.
Reanudé la carrera, guardándome el móvil en el bolsillo. No iba a permitir que eso afectase a mi rutina diaria para mantenerme en forma. Además, no había completado ni la mitad del recorrido autoimpuesto de diez kilómetros, tenía que pensar y correr me ayuda.
A la mañana siguiente dispuse las cosas para viajar al destino, mucho más próximo a mi casa que la última vez.
Cuando llegué, los mástiles de los barcos amarrados me saludaron con su apacible vaivén. Sentí el abrazo húmedo del maravilloso azul y ese aroma único que aquellos pueblos regalan cual eficaz saludo de bienvenida, un reclamo infalible para la mayoría de la gente.
Tenía un nombre, una dirección y un perfil psicológico.
Mi trabajo consistía en comprobar la veracidad de un nuevo soplo que se había filtrado en el entorno literario en el que se mueve quien me contrató. Pero iba a enfrentarme, no a los escritos eróticos secretos de un autor o a sacar a la luz la verdadera identidad de quien firma con un seudónimo, como otras veces.
Me habían pagado para poner de manifiesto la debilidad humana. Y eso hizo rechinar algo en el interior de mis convicciones morales, porque las fisuras de la personalidad son lo que nos hace maravillosamente humanos. Y yo soy tan carnal…
Así que ahí estaba yo, tomando un café en la acera de enfrente, a punto de poner en marcha un plan que uniese mi código ético y mi profesionalidad como si fuera una cimbreante cuerda floja de la que podría caerme al menor descuido.
Cinco minutos antes de la hora convenida mediante una llamada telefónica el día anterior, vi cómo salía de su casa en dirección al punto de encuentro, a doscientos metros escasos de allí.
Mientras seguía a mi objetivo me fijé en su porte. Un rápido examen visual bastaba para comprobar una vez más que las fobias no están escritas en el rostro, pues todos hacemos lo posible por ocultarlas.
Giré por la calle paralela para “aparecer” en el lugar como si viniese de otra parte. Me acerqué y, con mi mejor sonrisa y conociendo de antemano la respuesta, pronuncié su nombre entre signos de interrogación aplicando una estudiada medida de ingenuidad. No me costó ningún esfuerzo hacerlo, pues mi trabajo exige manejar una buena dosis de interpretación.
—¡Sí, soy yo! —me respondió de inmediato, mientras estrechábamos las manos.
—Encantado de conocerte. Hablamos ayer por teléfono…
—La verdad es que me sorprendió tu llamada. No esperaba algo así.
—Bueno, espero que la sorpresa se convierta en algo provechoso para ambos.
—Yo también lo espero.
—¿Vamos?
Durante los treinta y siete minutos que duró el recorrido en mi coche hasta la capital, hablamos de su novela, de los escritores independientes, de la promoción de los trabajos de estos mediante las redes sociales… Esperaba un gesto que hiciera que se delatase, no sé, bajar la ventanilla o tirar del cinturón de seguridad para evitar que se le ajustase demasiado. Incluso inicié una conversación sobre la película Enterrado (había ensayado cómo derivar la charla hacia ese punto). Pero no entró al trapo. De modo que parecía inevitable poner en marcha el plan B.
En cuanto aparqué en las inmediaciones del edificio al que íbamos, noté cómo lo miraba de soslayo. Y al comprobar que era allí adonde nos dirigíamos, percibí el inicio de un lenguaje no verbal que lo evidenciaba casi todo.
Si no me hiciese una maldita gracia, sin duda habría sonreído saboreando el incipiente pero casi seguro éxito en mi misión cuando me preguntó con angustia:
—¿A qué piso vamos?
—Al catorce —respondí—. Ya verás qué vistas hay sobre la ciudad.
Llevar a la gente al límite no me gusta. Yo soy un trabajador de pajarita. Y sin embargo iba a hacerlo.
—¿No querrás subir por las escaleras? —añadí, justo en el momento en que se abrían las puertas del ascensor y le cedía el paso.
Sonrió con los nervios en la mano.
Lo tenía todo previsto: el montacargas y no el elevador principal para que no hubiese un espejo y para que el suelo no fuese de color claro, sino un pavimento de goma en color negro con botones antideslizantes, un fluorescente que parpadeaba a punto de dejar de lucir y la complicidad remunerada con el conserje del inmueble que esperó a que tuviésemos siete plantas debajo de nuestros pies para cortar el suministro eléctrico.

No pudo evitar aferrarse a mi brazo instantáneamente en un gesto tan inconsciente como no deseado por su parte que despertó, a pesar de todo, mi afán protector.

—No te preocupes —dije—. Enseguida salimos de aquí.
Pero su ansiedad crecía como debían hacerlo sus pulsaciones.
—¡Sácame de aquí, por favor! —me pedía desesperadamente.
En sus ojos vi dibujado el miedo, como si asumiese que jamás saldríamos de allí. Su frente se perló con gotitas de sudor frío. Empezó a hiperventilar, acelerándose la llegada del mareo.
Así que se sentó en el suelo y yo hice todo el espacio que pude. Entonces le pedí que cerrase los ojos y me escuchara. Y comencé a relatarle una historia que incluía técnicas de visualización, algo que había leído la noche anterior en un foro de internet para afectados por lo mismo que mi acompañante: la claustrofobia.
Aquello solo duró los pactados cinco minutos, tras los cuales el ascensor volvió a funcionar desandando el camino.
Ya en la calle me confesó que no era el mejor día para cerrar el supuesto acuerdo por el que nos habíamos citado. Y regresamos en completo silencio a su pueblo, ahora con la ventanilla bajada a la mitad y su mirada perdida entre el paisaje, mientras la conciencia me señalaba con el dedo índice y el gesto serio.
De camino a mi casa, Joan Manuel Serrat me cantaba al oído aquella hermosa canción titulada “Decir amigo”.
Buscaba la manera de cumplir con mi labor, que incluía hacer público el nombre de quien tan mal lo había pasado por mi culpa. Y se me ocurrió la manera: publicar este relato incorporando un código que oculte su identidad, pues quien hace tan buen trabajo en el mundo literario merece todo mi respeto y ser reconocido por eso, no por una “debilidad” que puede permitirle transmitir en sus escritos emociones que otros de ningún modo sabrían plasmar.

Su nombre es QGÑPOMXMKFP.

Así que, si quieres saber de quién se trata, tendrás que esforzarte. Al fin y al cabo, soy EL CONFIDENTE, no un periodista.
Entretanto, Serrat concluía su canción: “Dios y mi canto saben a quién nombro tanto”.

16 comentarios:

  1. Vaya, me voy a pensar quién puede ser. Volveré con mi detective privado o con mi abogado, por si acaso. Buen relato, Eduardo.

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  2. Seguro que será un escritor que compite contigo y querías quitárlo de encima. Venga, dinos quién es, aunque sea en un mensaje privado...

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    1. No estaría a su altura por más que lo intentase, Mercedes. Díselo a Candela, a ver si descifra el código. Un beso.

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  3. Vaya, vaya, vaya... Un sujeto que tiene claustrofobia, que vive a 37 minutos de la capital, alguien capaz de transmitir emociones como nadie. No tengo ni idea.

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    1. Habrá que concentrarse en el código... Un abrazo.

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  4. Una pista, Eduardo. Es criptografía?, transposición?, discos de Alberti?

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    1. Es un cifrado, Josep. Y, aunque está modificado (la pista está marcada en negrita), lleva el nombre de su autor, que curiosamente coincide con el de un miembro de la AEI. Y hasta aquí puedo leer...

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    2. Pues suspendí el último curso de KGB porque le doy vueltas y vueltas y no encuentro la manera de descifrarlo. ¿Hay que hacer una sustitución? ¿En base a qué?

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    3. Es el cifrado Julio César, pero modificado. La clave está en negrita.

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    1. De eso se trata, Lola. Mil gracias por seguir por aquí. Un besazo.

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