jueves, 27 de marzo de 2014

Un café con Leo (4)


Mi invitada de hoy vive en Barcelona, concretamente en el barrio de Horta, muy, muy cerca de mi casa. Hemos quedado en uno de los locales más emblemáticos de la zona: la Taberna de Ali Baba. Aquí puedes comer una patatas bravas de p... , maravillosas, pero aún es temprano, de modo que tomaremos un café.
Ya la veo. Se acerca a paso rápido, con una amplia sonrisa colgando de su cara. Supongo que ya me ha visto. Parece maja.

Ella es Rosa Pérez, una correctora literaria profesional, capaz de encontrar errores y gazapos en cualquier escrito. Ha estudiado Traducción e Interpretación, además domina varios idiomas y tiene una destacada experiencia dentro del mundo de la corrección. Sus últimos trabajos incluyen un par de obras de autores de la AEI: Matar al mensajero y 88, la última generación. Si queréis saber más sobre ella, podéis acceder a su perfil profesional en este enlace.



Por cierto, un pajarillo me ha contado que escribe algunos relatos. ¿Estará pensando en pasarse al lado oscuro? Trataré de desvelarlo.


LEO: Rosa, qué puntual. Muchísimas gracias por acceder a tomar un café conmigo. Me han hablado maravillas de ti, en lo personal y en lo profesional. Tenía muchas ganas de charlar contigo. De verdad, es un placer.

ROSA PÉREZ: Gracias a ti por invitarme y por pensar que el punto de vista de un corrector puede ser interesante para algunas personas. Es una profesión en la sombra y no todo el mundo sabe el trabajo que hay detrás de una buena corrección.

LEO: Recuerdo que cuando era pequeño, tenía una profesora que me bajaba la nota de los exámenes si encontraba errores ortográficos. Siempre consideré injusto que no evaluara únicamente por los conocimientos, pero con el tiempo he entendido la importancia de ese tipo de evaluación. Si extrapolamos esta situación a la literatura, ¿crees que los errores ortográficos pueden echar al traste una magnífica historia?

ROSA PÉREZ: Bueno, igual que en el ejemplo de la nota de los exámenes que comentabas, creo que contenido y ortografía son cosas diferentes que se complementan y forman un conjunto. Si las puntuamos por separado y hacemos la media saldrá la nota final. Es decir, un examen y una novela pueden tener un buen contenido o una buena trama, pero si lo envuelves en unas construcciones gramaticales incomprensibles y una ortografía y puntuación deficientes, lo que queda apenas tiene valor porque no llega al lector. No va a entender lo que quieres transmitir y probablemente no tenga ni ganas de descifrarlo. A mí me ha pasado varias veces. Es posible que haya dejado de leer libros muy buenos por esa razón. También he de decir que hay diferentes tipos de errores y diferentes tipos de lectores. No todo el mundo reacciona igual y seguro que hay personas que no ven esos fallos aunque eso no exime al escritor, en mi opinión, de tener que ofrecer un producto perfecto. No hacerlo es, creo, una falta de respeto hacia el lector.

LEO: Deduzco entonces que hay lectores a quienes puede causarle rechazo leer una novela si encuentra errores. ¿Cuáles son los errores ortográficos más comunes de los autores?

ROSA PÉREZ: La puntuación es algo con lo que algunos escritores tienen dificultad, porque tienden a puntuar como hablan, y ponen comas y puntos donde ellos harían pausas en un discurso oral y no siempre es así. El tema de las preposiciones que acompañan a una palabra en concreto también es confuso. A veces también falla la concordancia entre tiempos verbales.

LEO: Una buena corrección no acaba solo arreglando los errores ortográficos. La corrección de estilo también es muy importante. ¿Podrías explicarnos en qué consiste y cuáles son los tics o vicios que debería evitar un autor?

ROSA PÉREZ: Creo que un autor debe encontrar su estilo propio, por simple que sea, y no intentar imitar a nadie. Todos admiramos a algún escritor en concreto y lo tomamos como referencia pero eso no significa que se le deba imitar. El lector no es tonto y se da cuenta de cuándo se es natural y cuándo no. El texto debe estar bien estructurado y los personajes deben ser creíbles en su papel. Nada debe ser gratuito y las cosas no pueden pasar porque sí. No se debe escribir “como se supone que se debe hacer”. La literatura, por suerte para unos y desgracia para otros, no es matemática y, aunque hay algunos “trucos” o recursos para hacer la historia más “apetecible”, no son infalibles y no son garantía de una historia de calidad. Hay escritores que tienden demasiado a usar combinaciones de palabras que se utilizan frecuentemente pero que, sin ser incorrectas, están muy manidas y le restan originalidad al escrito. Son combinaciones como “apoyo incondicional”, “en avanzado estado de gestación”, “con sumo cuidado”… Creo que debe encontrar la manera de decir lo mismo con sus propias palabras. Otro error que a veces se comete es no tener en cuenta el registro de los diferentes personajes y la voz del narrador. También algunos escritores tienen tendencia a “enrollarse” demasiado con explicaciones y descripciones superfluas e innecesarias que no aportan nada a la historia. No por hacerlo la narración va a ser más rica. A veces, menos es más.

LEO: Con la irrupción del boom de la autoedición y de los autores independientes, también ha crecido la oferta de correctores. Como en toda profesión, habrá buenos, malos o, incluso, algún que otro timador. ¿Qué debe hacer un escritor antes de contratar a alguien que no conoce?

ROSA PÉREZ: Creo que las referencias que a uno le puedan dar de un profesional cuentan mucho. En principio, cualquiera que trabaje en una agencia debe ser de fiar. Personalmente me ofrezco a corregir unas cuantas páginas de prueba para que el escritor valore el trabajo. A mí me lleva un rato hacerlo pero lo considero una inversión. Así el autor puede valorar el resultado y decidir. 

LEO: Entonces, ¿quién debe evaluar al corrector?

ROSA PÉREZ: Creo que el propio autor sabe ver si las sugerencias del corrector tienen sentido o no. A veces el corrector le da unas pautas y el escritor no las utiliza porque no quiere, porque le gustan las cosas a su manera. Pues la última palabra la tiene él, a no ser que todo venga marcado por los criterios de una editorial.
 
LEO: Se han dado casos en que la editorial le ha pedido al autor la obra ya corregida. ¿Crees que empieza a haber una profesionalización de los autores?

ROSA PÉREZ: Para empezar, creo que una persona que se dedique a escribir debe tener unos conocimientos muy buenos de la lengua que utiliza. Eso se consigue informándose continuamente y leyendo muchos libros de calidad. No concibo un escritor que no lea o al que no le interese aprender. Pensar que como un corrector tendrá que revisarlo todo después uno tiene la licencia de escribir lo que quiera y como quiera es equivocado. La tarea del corrector es corregir y no reescribir. De ahí a que el autor deba dar su obra perfecta a la editorial… Se supone que ellos, además de comercializarla, proporcionan toda la ayuda necesaria para que el producto final sea perfecto. Está claro que, si no se tiene editorial, todo tiene que correr a cargo del propio autor.

LEO: ¿Te has planteado escribir algo y publicarlo?

ROSA PÉREZ:  Creo que empecé a escribir con cuatro o cinco años. Me explico: cuando yo apenas sabía escribir mi nombre hacía garabatos en un papel, en horizontal y de izquierda a derecha, como si fuesen palabras y frases. Incluso las puntuaba. Por supuesto, allí no ponía absolutamente nada y siempre me decepcionaba cuando le preguntaba a mi madre si aquello quería decir algo y me respondía que no. A lo largo de mi vida he escrito tres o cuatro diarios y durante varios años asistí a talleres de escritura, que me despertaron el gusanillo de escribir. Alguna vez me he planteado intentar publicar los relatos que tengo por ahí pero me pasa algo común, creo, que es no tener la seguridad de que lo que he escrito vaya a gustar a alguien. Ahora cualquiera puede publicar lo que quiera en las plataformas digitales pero la pregunta es: ¿me gustaría publicar a toda costa, aunque lo que haya escrito sea de baja calidad o solo quiero hacerlo si creo que de verdad el texto vale la pena? O, dicho de otro modo, ¿quiero hacerlo por vanidad, para presumir de que tengo algo publicado y decir que “soy escritora”, o porque de verdad quiero que el lector disfrute? Aún estoy buscando la respuesta a esa cuestión.

LEO: Y si así fuera, ¿contratarías unos servicios externos de corrección o la harías tú misma?

ROSA PÉREZ: Es fácil ver la paja en el ojo ajeno y muy difícil en el propio. Cuando lees tu propio texto muchas veces puedes tender a pasar por alto errores que otro lector vería más fácilmente. Está claro que, por mis conocimientos, el escrito tendría cierta calidad en cuando a gramática, etc. pero nunca está de más otro par de ojos.

LEO: ¿Cuánto tiempo requiere una corrección? No sé, digamos que una obra de trescientas  páginas.

ROSA PÉREZ: Nunca he calculado cuántas horas me ha llevado corregir una novela. Quizás debería pero creo que no quiero hacerlo. Corrijo varias horas al día, tres o cuatro, y voy haciendo pausas para no perder concentración. A menudo tienes que buscar cosas que no ves claras y también lleva un tiempo y, como lo compagino con el cuidado de la familia y otras actividades, no puedo dedicar ocho horas diarias a la corrección. De todos modos creo que es mejor así, porque como hago esto porque me gusta y no por obligación, escojo cuándo lo quiero hacer. Si quieres un cálculo aproximado del tiempo que lleva una corrección de trescientas páginas te puedo decir que sería, en mi caso, unas tres o cuatro semanas si trabajo unas cuatro horas diarias. Claro, siempre depende de la dificultad de la corrección y lo laboriosa que sea.

LEO: Al hilo de la pregunta anterior, estaba pensando yo... Los correctores cobráis por conteo de palabras o por un número total de páginas, ¿no es cierto? ¿Es un sistema justo? Déjame que me explique... Imagínate que te presento una novela de trescientas páginas para que me la corrijas y encuentras doscientos errores ortográficos. En cambio, otro autor te entrega una novela de la misma extensión en la que solo hay diez errores. Habrás leído la misma extensión pero habrás corregido mucho menos.

ROSA PÉREZ: Esa es una buena pregunta…

LEO: Lo sé, suelo hacer muy buenas preguntas.

Rosa suelta una sonora carcajada y me dedica un gesto simpático. Aún entre risas, me da su opinión:
  
ROSA PÉREZ:  Te doy la razón en eso. Leer tendrás que leer igual, pero el tiempo que invertirás es diferente, evidentemente. Si un autor se ha tomado la molestia y el interés por entregar su escrito tan pulido como ha sido capaz y eso repercute en el esfuerzo (o falta de él) que tiene que hacer el corrector debe tener su recompensa. Yo primero valoro el trabajo que me va a suponer la corrección y hago un presupuesto. De todos modos siempre hay un mínimo porque, imaginemos que el texto no tiene ni un solo error. ¿Querría decir que no tengo que cobrar nada? Cuando corriges no lees por placer, sino que lo haces buscando el fallo y eso conlleva un esfuerzo y un tiempo. Hay unos baremos por palabras, matrices o páginas pero yo lo calculo por página corregida en Times New Roman 12 a un espacio y medio.

LEO: Oye, ¿qué ocurriría si te llegase un trabajo lleno de errores léxicos, gramaticales y sintácticos? ¿Aceptarías el trabajo o le dirías al autor que se dedicara al baloncesto?

Rosa vuelve a reír. Eso quiere decir que está cómoda. Le dedico una de mis mejores sonrisas mientras se recompone para contestar.

ROSA PÉREZ: Bueno, yo no me considero con autoridad para decirle a nadie que se dedique a otra cosa, aunque puedo tener mi opinión. Por lo que sí puedo optar, si veo que tengo que reescribir la novela entera, es negarme a corregirla, ya que estaría haciendo un trabajo que no me corresponde y que, seguramente, no se me pagaría.

LEO: Bueno, Rosa, he pasado un rato estupendo hablando contigo, pero me tengo que marchar. Espero que ninguna de mis preguntas te haya incomodado.

ROSA PÉREZ: Para nada. Ha sido un placer. Pero otro día tenemos que pedirnos unas bravas y unas cañitas, ¿eh?

Le doy un par de besos para despedirme. Rosa huele muy bien... ¡Mola! Pago los cafés y observo cómo se aleja. Veremos si se gira una última vez...

Llega al semáforo, se sube el cuello de la chaqueta y empieza a cruzar la calle. Se gira, levanto la mano y sonríe. ¡Bang, bang!




martes, 25 de marzo de 2014

Orgullo y Prejuicio en la Inglaterra de Jane Austen







UN LUGAR, UN LIBRO











«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa».

Con esta frase comienza una de las novelas de mayor relevancia en la literatura inglesa. Jane Austen nació en 1775, en Inglaterra, y a los veinte años ya había escrito la que sería su obra más conocida: «Orgullo y Prejuicio».
Tengo que decir que desde que leí a Austen esta se convirtió, casi desde las primeras líneas, en una de mis autoras favoritas. Enseguida quise saber más de su vida y descubrí que fue la séptima de ocho hermanos, que su padre fue reverendo y que nunca se casó. Me pregunté entonces cómo una mujer que apenas había conocido nada del amor, pues ni siquiera se le conoció un novio que la cortejara, podía describir con detalle tantas sensaciones y emociones amorosas.

Le tocó vivir una época en la que las mujeres estaban subyugadas al matrimonio y al ámbito doméstico.  Muchas veces esos matrimonios eran concertados y de ellos dependía la estabilidad de toda la familia. 
Jane Austen fue instruida por su padre, y aparte de la educación que recibió de él, tan solo asistió a un internado, con su hermana, durante un año. Toda su familia era una gran lectora y se sabe que su madre escribió poesía.

El contexto histórico que vivió estuvo marcado por la revolución francesa, las guerras napoleónicas y por el comienzo de la revolución industrial. Sin embargo en sus novelas no encontraremos ninguna alusión a estos acontecimientos. Austen se centra en su entorno cotidiano, en describir con detalle la sociedad rural georgiana.

La suya fue una vida apacible, dentro de un ambiente familiar, sin apenas acontecimientos que turbaran la placidez de su burguesa existencia.
Su modo de narrar es sereno  y equilibrado, y sorprende su capacidad de dar fuerza y de embaucar al lector con argumentos aparentemente triviales y cotidianos. Uno podría pensar que el sentimentalismo es la característica más importante de su obra, pero nada más lejos de la realidad. La autora recurre con frecuencia al humor y sobre todo a la ironía, que utiliza como arma para hacer una crítica punzante de la sociedad.

«Orgullo y Prejuicio» cuenta la historia de la alegre y distendida familia Bennet, que tiene cinco hijas casaderas. La señora Bennet está obsesionada con casar bien a sus hijas pues sabe que a la muerte de su marido estas se quedarán en la calle al ser sus posesiones únicamente transmisibles por la línea masculina. Cuando la señora Bennet se entera de la llegada al vecindario de un hombre de gran fortuna, el señor Bingley,  que además es soltero, sus esfuerzos se centran en casarlo con una de sus hijas. A Bingley le acompaña el, todavía más acaudalado, señor Darcy, que ve a los Bennet como a una familia grotesca, muy por debajo de su condición y que se comporta de un modo bochornoso en las reuniones sociales. Durante la celebración de un baile, Elisabeth, la segunda hija de los Bennet, escucha sin querer una conversación entre Bingley y su estirado amigo. El primero le sugiere a Darcy que saque a bailar a Elisabeth y este le comenta que la chica no es suficientemente hermosa para él. Ella se siente herida en su orgullo y desde ese momento utiliza su ingenio para burlarse de su altivez y de sus prejuicios.
 Sin embargo, entre ellos surge algún tipo de conexión que ni siquiera ellos aprecian, y al final él le confiesa que la ama apasionadamente.

Las protagonistas de Austen tienen un punto de rebeldía y de disidencia ante las normas, que no poseen otros personajes femeninos de la época. Elisabeth se rebela ante el matrimonio, y se niega a casarse con Darcy porque él le declara su amor de una forma singular. Le dice que la ama, pero que lo hace en contra de su buen juicio, de su familia y de sus amigos. No contento con eso, también la humilla destacando su condición inferior. Aun así le pide matrimonio, convencido de que ella nunca lo rechazará.

La forma en que Austen maneja los sentimientos de los protagonistas es sencillamente sublime. Presentimos entre líneas el sufrimiento de él, desesperado porque ella le corresponda y lo acepte, pero a la vez dejando claro lo que le incomoda el asunto. Le ha supuesto más de medio libro superar sus prejuicios y declararle su amor. Pero entonces a ella le toca el turno de dar un salto por encima de su orgullo herido. 

He visto la versión cinematográfica de 1940, la de 1980 y la serie que elaboró la BBC en 1995 y que una buena amiga inglesa, conociendo mi pasión por la novela, tuvo la gentileza de enviarme. En 2005, Joe Wright dirigió una nueva versión, tal vez la más conocida a nivel mundial, pero a mí es la que menos me gusta.
Dicen los que saben que la serie de la BBC, protagonizada por Colin Firth y Jennifer Ehle, es la mejor adaptación, y yo estoy de acuerdo.
Os dejo con el fragmento más intenso de toda la serie, cuando Darcy, cansado de luchar contra sus sentimientos, le declara su amor a Elisabeth Bennet.  

Y vosotros, ¿qué pensáis?, ¿creéis que todo hombre soltero poseedor de una gran fortuna, o sin ella, necesita una esposa?




jueves, 20 de marzo de 2014

TITULA COMO QUIERAS

Un sugerente artículo acerca de cómo titular, publicado por Josep Capsir en su blog, me anima a sumar mi opinión. En el tráfico incesante en las redes he leído distintas versiones sobre el asunto. Algunas me han hecho pensar que estoy fuera de onda. No recuerdo quién escribía, cito de memoria, que el éxito de un ebook depende en un 60 % de la ilustración de portada, en un 30 % del título y en un modesto 10 % del contenido. Me pareció algo exagerado.
Aviados vamos si en los libros, sean digitales o en papel, cuenta más el continente que el contenido. Como en esos carísimos frascos donde, según vas desanudando lazos y abriendo la lujosa caja, se va empequeñeciendo el producto hasta quedar reducido a un frasquito con una pizca de perfume a precio de platino líquido.
Quiero creer que en este mercado virtual el texto sigue suponiendo un valor esencial. Proliferan diseñadores, asesores, consultores, que te ofrecen embellecer tus escritos con una envoltura que anime a los internautas a gastarse un módico precio por guardar tu libro en sus artefactos. Otra cosa es que además lo lean. Total, por un 10 % de valor añadido, mejor no se queman las pestañas. Claro que si abres la bonita lata y te encuentras una sardina putrefacta, mejor la dejas intacta.
Pero quiero referirme a la importancia de titular, cierta y falsa a la vez. La historia de la literatura está repleta de títulos anodinos como Romeo y Julieta, El proceso, o Sostiene Pereira, que esconden obras maestras.
También existen los rebuscados. Ejemplos, sin que nadie se moleste y sin juzgar la calidad de las obras, serían  Tu nombre envenena mis sueños, Cerbero son las sombras, o Mañana en la batalla piensa en mi. Es muy posible, con permiso de los autores, que sean intercambiables.
                                        
Título alternativo para El Quijote

En cambio El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha es insustituible. ¿O no? Si Cervantes hubiera preferido El caballero de la triste figura, el éxito hubiera sido similar y el título igualmente adecuado.
Creo que el título es irrelevante si la obra es excelente. Navegando por Google, la indispensable fuente de documentación actual, he encontrado este párrafo que no me resisto a pegar. Se refiere al best seller La naranja mecánica, cuyo título oscila entre el absurdo y la horticultura indigesta.

La naranja humana



«En realidad, el título de la famosa novela de Anthony Burgess, convertida luego en película por Stanley Kubrick, fue fruto de una errata. Lo cierto es que el novelista había bautizado su obra con el nombre de A clockwork orang, utilizando un término malayo (país en el que había residido) que significa “ser humano”. Por tanto, la novela en español se llamaría El hombre mecánico, que casa muy bien con su contenido, dado que esa es la condición a la que su protagonista, Alex, queda reducido por los experimentos a los que le someten en prisión. Pero el editor pensó que lo de "orang" era una errata y que Burgess había querido decir "orange" (naranja), y lo corrigió y lo envió a la imprenta sin decirle nada.»
Crímenes nada ejemplares
Así que titula como quieras. Sobre todo evita las faltas de ortografía al igual que en el interior. Para no quedar libre de culpa, mencionaré que mi último ebook —no lo toméis como promoción, que bastante vergüenza me da— estuvo meses en Amazon con este título: El escritor caníbal. Un trhiller literario. Hasta que un escritor argentino me descubrió el gazapo. Entre thriller y trhiller hay una distancia. ¿Imagináis que el divertido libro de Max Aub se hubiera editado como Círmenes emplejares?

martes, 18 de marzo de 2014

EL ESTILO LITERARIO



Cuando comencé a publicar historias mi mayor miedo era si encerrarían eso que llaman “estilo literario”, principalmente porque no tenía muy claro qué era. Parece que habláramos de un concepto abstracto, algo indefinible. Si buscamos en Google estas dos palabras nos saldrán un sinfín de páginas donde intentan explicar qué quieren decirnos los eruditos cuando aconsejan al escritor crecer en su oficio con estilo. Aun así, después de leer y leer, sigue siendo difícil entender qué significan. Es como contestar a por qué amamos, podríamos dar mil razones, pero ninguna de ellas lo explicaría.
Pues bien, creo que ya lo sé, he comprendido que a menudo complicamos lo sencillo simplemente porque damos por hecho que cualquier conocimiento que pertenezca al mundo del intelecto forzosamente tuviera una dificultad añadida; pero no es así, el significado de “estilo literario” es simple. Nada como extrapolar el concepto a cualquier otro oficio para entender. Si tuviésemos que definir el “estilo futbolístico” de un jugador seguro que lo tendríamos mucho más claro, diríamos que es su forma de tocar el balón, de correr por el campo, de interaccionar con los compañeros… qué sé yo (apenas entiendo de fútbol, pero creo que no es necesario). Es muy fácil, dicho jugador hace lo mismo que otros muchos, pero es único en sus matices. Ha desarrollado su estilo porque aunque ha visto jugar a los mejores mil veces y los ha considerado maestros, nunca los imitó más que en su capacidad de lucha y técnicas básicas y siempre intentó ser la mejor versión de sí mismo, sacar provecho de sus habilidades innatas. Aquello de que todos somos prescindibles es totalmente cierto, cualquier cosa que hagamos la puede hacer otro, pero nunca lo hará como nosotros, y es por esto que pondrán nombre propio a nuestras obras.
Pero sigamos con los ejemplos, ahora más cercanos al tema que nos ocupa. Comparemos a dos maestros indiscutibles de las letras: Miguel Delibes y  Thomas Mann. ¿Por qué no se discute que ambos tienen un marcado estilo literario? Porque tanto uno como otro tienen en común lo fundamental y se diferencian en lo importante. Parece una contradicción, pero es tal cual. Los dos hicieron de la literatura una forma de vida, se preocuparon por conocer su lengua hasta hacerse doctores, no escatimaron en horas, días o años de trabajo hasta que consideraron que habían dado el máximo en cada historia; y también los dos evitaron imitaciones y escribieron de lo que realmente les inquietaba y sentían.
El estilo literario está al margen de modas, y si coincide es por pura casualidad. A menudo confundimos “corriente literaria” con “estilo literario”, pero a mi entender son dos conceptos muy distintos. Pertenecer a una corriente literaria es algo casi involuntario, básicamente, es el momento histórico y social lo que incluye a un escritor en una corriente literaria determinada. Por más que me empeñara, yo no podría pertenecer al Romanticismo, el Neoclasicismo o el Realismo, es más, ni siquiera puedo aventurarme a decir en qué corriente literaria me incluirán en un futuro; no es cosa mía.
Resumiendo, el “estilo literario” forma parte de la esencia del escritor, por lo tanto es personal e intransferible, y como todo en el ser humano, evoluciona a lo largo de la vida del autor; la diferencia entre mi primera novela publicada, “El talento de Nano”, y la última, “El fotógrafo de paisajes”, está en que pasaron diez años de empeño y trabajo, pero sigo siendo Mercedes Pinto. En cambio la corriente literaria es común a un grupo de escritores que se mueve en un espacio y tiempo concreto.
Escritor, si quieres tener estilo literario y que reconozcan tus obras entre un millón, tendrás que aprender de los maestros, beberte sus letras, escudriñarlas una y otra vez a la par que las tuyas, y después de mimetizar con ellos hasta no saber ni quién eres, con toda esa sapiencia habrás de hacer la complicadísima pirueta de olvidar sus nombres y escribir siendo tú mismo.
Conseguirlo ya es una proeza, pero ¡ay!, ahora viene lo peor: ¿llegarás a los lectores o serás condenado al ostracismo? Es el riesgo que entraña ser fiel a tu esencia. Siempre puedes ser una “imitación de”; aunque ya te digo que por buena que sea, será peor que el original. 

Mercedes Pinto Maldonado

jueves, 13 de marzo de 2014

Sobre los números romanos y las fechas

Las recetas ortográficas del profesor Navarro (III)



En esta tercera entrega me propongo recordar cómo se usan en la actualidad los números romanos y cómo escribir las fechas, de acuerdo con las recomendaciones dictadas por la Academia.
Con esta tercera entrada doy por terminada la serie sobre ortotipografía de los números.

En la próxima cita recordaremos cómo debemos utilizar los guiones largos o rayas y para qué.   

Sobre los números romanos

Como todos sabemos la numeración romana emplea siete letras del alfabeto latino —I, V, X, L, C, D y M— a las que se les asigna un valor numérico fijo y tienen forma de mayúscula.
No entraré en cómo se construyen los números utilizando las citadas letras, pues es bien sabido por todos. Nos centraremos en comentar cuál es el uso más frecuente.
En la actualidad casi siempre se utilizan con valor ordinal y en los casos que se señalan a continuación:
   Para indicar los siglos: siglo iii. No deben usarse números arábigos.
   Para indicar las dinastías en ciertas culturas: los faraones de la xvii dinastía.
   En las series de papas, emperadores y reyes de igual nombre: Juan XXIII, Juan Carlos I.
  En la numeración de volúmenes, tomos, partes, libros, capítulos o cualquier otra división de una obra, así como en la numeración de actos, cuadros o escenas en las piezas teatrales: capítulo iv, tomo iii, escena ii. En muchos de estos casos, pueden sustituirse por las abreviaturas de los números ordinales correspondientes: tomo 3.º, escena 2.ª e incluso por números cardinales: tomo 3, escena 2.
— En la denominación de congresos, campeonatos, certámenes, festivales, etcétera: II Congreso Internacional, XXXII Feria del Libro. Si el número resulta demasiado complejo, se prefiere, en su lugar, el uso de las abreviaturas de los números ordinales correspondientes: 78.º Campeonato de ajedrez. 
  Para numerar las páginas de secciones preliminares de una obra —prólogo, introducción, etcétera—, con el fin de distinguirla del cuerpo central.
   A veces, para representar el mes en la expresión abreviada de las fechas: 5/III/1997.

La Academia recomienda escribir los números romanos en versalitas —letras de figura mayúscula pero de altura similar a las minúsculas— cuando el sustantivo al que acompañen se escriba con minúsculas. Por ejemplo: siglo xix, capítulo iv, xxi dinastía; y en versales —letras mayúsculas— cuando vayan solos o se refieran a sustantivos escritos con inicial mayúscula. Por ejemplo: Felipe II, IV Congreso Internacional de la Lengua Española.
Para aquellos que nunca hayan usado las versalitas, pueden obtenerlas de su procesador de textos Microsoft Word de la siguiente manera: primero han de escribir en minúsculas las letras que representan el número romano, después, marcarlas con el cursor y a continuación usar la función «Formato, Fuente, Versales».

Sobre las fechas

Las fechas pueden escribirse enteramente con letras, con una combinación de letras y números o solo con números.

Si nos atenemos a la escritura de las fechas en los países de habla hispana, lo más habitual es utilizar una combinación de números arábigos y letras en sentido ascendente, es decir, primero el día en números, después el mes en letras con inicial minúscula y, por último, el año en números. Entre el día y el mes, así como entre el mes y el año, se intercala la preposición de: 20 de julio de 1969.

Con mucha frecuencia, cuando se quiere abreviar, las fechas se escriben solo con números, separando las cifras que corresponden a día, mes y año mediante guiones, barras o puntos, y sin blancos de separación: 20-7-1969; 20/7/69 o 20/VII/1969; 20.7.1969. El año puede escribirse con sus cuatro cifras o solo con las dos últimas, y el mes, en números arábigos o romanos.

En cuanto al uso del artículo el y, en consecuencia, de la contracción del antes de los años hay que tener en cuenta lo siguiente:
  Del año 1 al 1100 es más frecuente el empleo del artículo: Los árabes invadieron la Península en el 711.
  Del año 1101 al 1999 es mayoritario el uso sin artículo: Los Reyes Católicos conquistaron Granada en 1492.
  A partir del año 2000, la novedad que supuso el cambio de millar explica la tendencia mayoritaria a utilizar el artículo: Fui a Sevilla en la primavera del 2010 o mi hijo nació el 20 de marzo del 2008.


Referencia: Para una mayor información utilícese el Diccionario Panhispánico de Dudas. Edición 2005.


martes, 11 de marzo de 2014

El diván de la dra. Moreno: El morbo del asesino en serie






El morbo del asesino en serie

La mayoría de las novelas cuya trama se basa en atrapar a un asesino en serie poseen un gran interés para el lector, lo que se traduce en muchas ventas por lo que muchas de ellas se convierten en  best seller.

Quién no conoce a Hannibal Lecter, apodado el Caníbal y protagonista de El dragón rojo, El silencio de los corderos, Hannibal y, la precuela, Hannibal: el origen del mal; novelas con las que su autor Thomas Harris alcanzó la fama y se hizo de oro, por lo que no ha necesitado escribir más y vive plácidamente con su pareja en el sur de Florida. Y qué me dicen del sanguinario Jack el Destripador, conocido también como el asesino de Whitechapel, asesino en serie que aterrorizó la victoriana Londres de 1888 y que ha sido objeto de numerosas publicaciones, llevado al cine y a la televisión. Y hablando de televisión, no puedo dejar de comentar la famosa serie Dexter, protagonizada por un asesino en serie, que posee un código ético por el que justifica los asesinatos que lleva a cabo, creado por el escritor Jeff Lindsay.

Estos ejemplos que he puesto tienen en común al llamado asesino en serie o asesino múltiple; es decir, un sujeto que comete tres o más asesinatos en un lapsus de tiempo y con un período de enfriamiento entre un asesinato y otro. Sin más móvil que la gratificación psicológica o sexual, con un mismo “modus operandi” y con similares características físicas de las víctimas. Suelen ser extremadamente sádicos y con una personalidad perturbada. Antiguamente se les llamaba  psicópatas o sociópatas;  ahora, reciben el nombre de trastornos de personalidad antisocial. Sujetos responsables de sus brutales actos, organizados, cuyos asesinatos son planificados, premeditados, llegando incluso a contactar con las víctimas con las que pueden llegar  a intimar.
Pero no me desvío más del título de esta entrada que hace referencia al morbo que el público, en general, siente por estos tipos.

Todos conocemos hechos en los que la población ha participado de lo que se denomina morbo popular. Es más, podría decirse que este morbo popular es histórico: Pensemos en el Circo Romano, y la gente yendo a la picota en la Edad Media, en las aclamaciones del gentío cuando la guillotina caía en la Revolución Francesa..., hasta la actualidad, en la que las fotos de los crímenes horrendos venden más diarios y generan más rating que cualquier otro hecho de impacto general. O blog dedicados a esto reciben miles y miles de visitas. Precisamente hay un blog llamado Asesinos en serie, donde se recoge excelente y completa documentación sobre famosos asesinos los http://www.asesinos-en-serie.com y cuya página en facebook cuenta con más 20000 me gusta (te lo recomiendo si vas a escribir una novela de este género).
Hay un evidente deleite del hombre en la crueldad y, aun avanzada la civilización que sublima esto, sobrevive el morbo, y este proviene de la necesidad de contemplar el Mal para reafirmarnos en que nunca haríamos algo así. Cuando vemos esas masacres sentimos miedo y repulsión, y eso nos dice que, ciertamente, crear ese tipo de horror está más allá de nosotros. Y lo está, como dice Jeff Lindsay, padre de Dexter, puesto que: los asesinos en serie son psicópatas, y las investigaciones actuales en mapeado cerebral nos indican que los psicópatas nacen, no se hacen. Hay una diferencia física en sus cerebros. No puedes convertirte en asesino en serie por leer sobre uno de ellos, del mismo modo en que no ganas poderes mágicos por leer Harry Potter. Puedes ver The Texas Chainsaw Massacre veinte veces, y no te hará matar a tus vecinos. No podemos pasar de espectador a asesino como tampoco podemos pasar de respirar aire a agua.
Pero un psicópata homicida, un asesino en serie, encuentra placer en matar. A menudo juega con el resto de nosotros como parte de su diversión. La malvada criatura que ha dejado cadáveres en Gilgo Beach usó el móvil de una de sus víctimas para llamar a su hermana. Eso es crueldad inhumana, pero las investigaciones que he hecho para escribir mis libros me dicen que, cuando le detengan, probablemente se parecerá a nosotros. Dirán que era un encantador y considerado compañero de trabajo, un buen hombre que ayudaba a su anciana vecina a subir la compra, y nadie sospechaba lo que era realmente. 
No podemos negar que el mal existe, pero al menos nosotros no somos el mal. Y la existencia del mal implica que existe un contrario, el bien. Como seres humanos ordinarios, vivimos en el medio, más cerca de un lado o el otro según las circunstancias, sin alcanzar nunca los extremos. Y si no entiendes a alguien que vive en el extremo del mal, no importa cuánto cotillees, eso es bueno. Simplemente significa que eres humano.

Desde le punto de vista de la medicina aún está por determinar científicamente si el psicópata nace o se hace, pero mientras sucede aquí tienes material para comenzar tu próximo best seller; por supuesto, no olvides incluir un asesino en serie. 

http://bayharborbutcher.wordpress.com/2011/06/26/jeff-lindsay-¿por-que-nos-gustan-los-asesinos-en-serie/