jueves, 30 de enero de 2014

¿QUIÉN ES BORIS RUDEIKO?


Como si estuviese ensayado, en cuanto comencé a rasgar el sobre que contenía la información por la que había viajado a San Petersburgo, padeciendo un frío de mil demonios que no recordaba desde aquella misión en Polonia, se revolvió a mi lado.

El Confidente
Giré la vista hacia ella y contemplé casi toda su desnudez.

“¿Cómo se llamaba esta chica?”, pensé, meneando la cabeza. “¿Aleksandra? ¿Alisa? ¿Ania? Era algo con A”.

Rubia natural, de ojos azules casi transparentes que ahora permanecían cerrados (desearía que soñando conmigo), boca de labios sonrosados que se empeñaban en sonreír de medio lado con una mueca pícara y pico y eternas piernas como la de una saltadora de altura… su metro ochenta yacía de medio lado y no se me habría ocurrido siquiera tocarla.
Recordando lo que había ocurrido aquella noche en la habitación 330 del hotel Radisson, me convencí de que quien asegure que las mujeres rusas son frías, es que jamás ha conocido de verdad a una.
Con la sonrisa de un demente y haciendo un considerable esfuerzo, dirigí mis ojos de nuevo al sobre aún cerrado. Y sin embargo, recosté mi cabeza en los barrotes del cabecero de la cama y los cerré...

San Petersburgo, Saint Pete, como muchos de sus ciudadanos la llaman intentando dotarla de una calidez que a mi juicio no tenía, me recibió gris, inhóspita, cuando aterricé en Pulkovo. Con casi treinta grados bajo cero, la ciudad, el Neva y sus canales estaban congelados y los bordes de las aceras llenos de nieve sucia.
Sin embargo, convencido como estaba de encontrarme un sinfín de edificios de hormigón, de los que se empeñan en recordar el esplendor soviético, me sorprendió el surgir orgulloso de arquitecturas de estilo barroco y neoclásico. Y más aún cuando vi cara a cara construcciones majestuosas con el Hermitage, la fortaleza de San Pedro y San Pablo o la catedral de San Isaac, durante el par de días que traté de engañar como turista.
Con mil dificultades había conseguido pasar del aeropuerto a la ciudad. Veía una tras otra a personas que me observaban desde las esquinas, las ventanas, las tiendas. Creo que la mayoría eran agentes del KGB y me estaban esperando.
Al tercer día había quedado con mi contacto, un alemán llamado Frank Hermann, apellido que se me antojaba marca de calderas de gas, en el pub James Cook, cerca de la iglesia de la Resurrección.
Cuando entré, los pocos que ahí estaban dejaron de hablar y me miraron de soslayo. Me sentía en peligro. Aquella misión cruzando el telón de acero era de lo más arriesgado que había aceptado. Entonces un hombre de unos cincuenta y tantos años, rubio, alto, delgado, fuerte… alemán vamos, me hizo una seña para que me acercase.

─¿Cómo se dice “ama de casa” en ruso? ─me preguntó en voz baja y con un fuerte acento.
─Petra Tomalaescova ─le respondí, evitando con mi gesto evidenciar lo ridícula que me parecía aquella contraseña pactada.

Entonces alargó la mano y, con suma discreción, me entregó un sobre.
Miré a mi alrededor para comprobar si alguno de los presentes había visto el movimiento. Y me quedé con la sensación de que así era, sobre todo cuando uno que estaba sentado a cierta mesa salió a la calle a toda prisa, sin despedirse de la camarera que le había dicho “Do svidánia”. Le seguí con la mirada, cruzándome con los ojos de otros dos que me esquivaron tarde.
Fueron solo unos segundos, lo juro, pero suficientes para que Frank desapareciese. Me quedé perplejo, con el sobre aún en la mano. Estaba deseando largarme de allí, de San Petersburgo, de Rusia… y sin embargo, me descubrí pidiendo una cerveza en la barra, una Báltica número 7.
Nevsky prospekt
Entonces apareció ella, Anna… ¿o era Agnieszka? Mi memoria fotográfica estaba fallando. Solo sé que, después de beber cerveza y vodka, caminábamos por la Nevsky prospekt camino del Radisson.
La avenida estaba desierta y nos besamos en cada farola.   Fue en uno de aquellos maravillosos intercambios de ADN cuando me percaté del hecho de estar siendo seguidos por dos tipos con abrigo y gorro de piel.

─¡Lo sabía! ─exclamé, separando mis labios de los de Ananya.

Ella, que no hablaba español, me miró con sus dos pedacitos de cielo. Agarré su mano con fuerza y comenzamos a correr.
Tengo la impresión de que se dio cuenta de lo que ocurría, pues de repente ella tomó la iniciativa y me guió con soltura entre callejones, deteniéndome de vez en cuando para comprobar si surtía efecto su estrategia. Y debió ser así, pues en media hora estábamos deshaciendo la cama.
“Mañana me preocuparé de esos tipos”, recuerdo que pensé antes de recibir una de tantas manifestaciones de deseo de Anuva…

“Es hora de abrir el sobre”, me dije abriendo los ojos. Pero Aleina no estaba. Salté de la cama y me asomé a la ventana. Ni rastro de la Nevsky prospekt, ni de la nieve… ni rastro de Saint Pete. En su lugar reconocí la imagen que de Madrid se ve desde mi apartamento de soltero. Y en mis manos no tenía sobre alguno, sino mi Kindle en estado de reposo. Toqué la tecla correspondiente para ver qué era lo que estaba leyendo antes de dormirme y soñar con aquella ciudad helada y la cálida piel de Arina: Nevsky prospekt. Diario de un expatriado, de Boris Rudeiko, que según supe después, era el seudónimo ruso que Manuel Navarro Seva utilizaba cuando estuvo en San Petersburgo y comenzó a escribir los relatos contenidos en Sobre la sangre derramada, un seudónimo que cierto día reconoció haber comenzado a usar “porque me daba pavor firmar con mi propio nombre”, como él mismo me dijo.
Según tengo entendido, Manuel sigue utilizando su seudónimo como título de su blog y en la revista Prosofagia, de la que forma parte del equipo de redacción y en la que publica cuentos y artículos varios.
Me quedé frío, como si la temperatura de mi casa fuese de treinta bajo cero, como si estuviese en Saint Pete, como si ella se hubiese ido.

19 comentarios:

  1. Felicidades al confidente que todo lo descubre.

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  2. Muy atmosférico. Me ha entrado frío a mí también.

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    1. ¿A que sí? Yo me quedé helado escribiéndolo. Desconecté la calefacción para entrar en el personaje, jejeje. Muchas gracias, Olga. Un beso.

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  3. Gracias, Eduardo. Has creado una versión fenomenal de mi libro. ¿Me dejarás la idea para escribir una nueva entrega de «Nevsky prospekt...»?

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    1. Querido profe, te agradezco el comentario. Si va en serio, claro que puedes usar el relato. Al fin y al cabo, ¡va por ti! Un abrazo.

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  4. Por un momento, he llegado a pensar que nuestro Profesor Navarro acabaría tirándote a las frías aguas del Neva con un tiro en la cabeza. Bien por el confidente. ¿Con qué nos sorprenderá la próxima vez?

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  5. ¡Vaya con el abuelo! Soñando con rubias. Yo me quedo con las ganas de saber qué había en el sobre y qué paso entre la rubia y el confidente. A lo mejor Boris Rudeiko me lo puede contar, ahora que El Confidente nos ha desvelado su identidad.

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    1. ¡Que no, Mercedes! Era el sueño de EL CONFIDENTE. Yo digo como Paul Newman: "Si puedo comer solomillo cada día, ¿para qué quiero una hamburguesa?". Un beso.

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  6. Nos ha salido un Confidente Casanova. Será ese aire a lo Risto...
    Me ha gustado saber el origen de ese seudónimo. Estaremos atentos a nuevos descubrimientos.

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    1. Sí, Mayte, una vida a lo James Bond. Espero que siga quedando sujeto y no se me escape. Un beso, guapa.

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  7. Nuestro Confidente es el Julian Assange de la AEI. Nadie está a cubierto de sus investigaciones. ¡Temblad aquellos que ocultáis secretos inconfesables!. Os ha llegado la hora. Confesad, que aún estáis a tiempo, o callad para siempre.

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    1. ¿Para qué añadir nada más? Te ha salido un gran alegato. Lo mismo te lo copia EL CONFIDENTE. Muchas gracias, Julio. Un abrazo.

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  8. Me encantó descubrir al ruso este pero en realidad lo tengo más que conocido ;-) la vida me ha dado la oportunidad de estar con el en dos ocasiones, la primera breve, en Madrid, y la segunda más pausada en mi tierra, donde hemos compartido historia, paseo, vivencias, palabras, tramas de libros... Un ser excepcional este Boris. Me encantó la manera en que has descubierto a Manuel, Eduardo, original y entretenida. felicidades

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    1. Para mí ha sido una experiencia muy enriquecedora asistir a la presentación de su libro, en Córdoba, y verla en su ambiente, rodeada de amigos y familia. No hace falta decirlo, porque todos sabemos quién es y cómo es, pero puedo asegurar que en vivo y en su propio entorno gana muchísimo. María José, gracias por tus buenos consejos sobre la trama de mi nuevo libro. Me costará unos días volver revisarlo. Y gracias por tu hospitalidad.

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    2. Muchas gracias, María José. Yo también tengo el gusto de conocerle personalmente. Y puedo asegurar que es una persona francamente interesante. Un beso.

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  9. Qué vida más dura la del Confidente!
    Mira que tener que irse a San Petersburgo, con el frío que hace!
    Pero ha valido la pena por todo cuanto nos ha revelado. Eso es profesionalidad ;)

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    1. No sabes qué frío pasé, Lola. Pero mereció la pena, jejeje. Un besazo.

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